Lun. Feb 6th, 2023

Pisar con la punta, con el talón, control de la cadencia, practicar el “natural running”, drop necesario, etc. Todos estos conceptos están en boca de los corredores y triatletas de todo el mundo. Pero ¿Existe una manera “correcta” de correr?

Empecemos con un experimento práctico. Descalzos demos 3 o 4 pequeños saltos. ¿Con que parte del pie hemos aterrizado? ¿El talón o la punta? Seguramente pase lo mismo si hacemos un poco de trote en el sitio sin nuestras zapatillas. Casi el 100% lo hacemos con la punta.

Según Da Vinci “El pie humano es una obra maestra de ingeniería y una obra de arte”. Y así es. Nuestro pie alberga 26 huesos, una poderosa fascia (la fascia plantar), numerosos ligamentos, músculos intrínsecos y extrínsecos con sus respectivos tendones, enumerando como más importantes el tendón de Aquiles, el del tibial posterior, el del tibial anterior y los de los músculos peroneos. Todo esto nos permite que el pie sea lo suficientemente flexible como para amortiguar nuestro peso, pero a la vez suficientemente estable como para permitirnos impulsarnos en él.

Biomecánica y anatómicamente podemos dividir el pie en 3 zonas: el antepie, el mediopie y el retropie. Mirando detenidamente su arquitectura podremos adivinar que la parte más preparada para absorber impactos es el medio y el antepie.

Entonces ¿Por qué es tan común caer con el talón? En los años 80 se pensó que alargando la zancada se mejoraban los tiempos, sin embargo inevitablemente se aterrizaba con el talón. Esto obligó a “amortiguar” esa parte de los calzados para correr. Por ende, caemos con el talón porque tenemos un calzado que nos permite hacerlo. Inténtalo descalzo y verás que es imposible hacerlo, al menos sin la presencia de dolor.

Al mantener una zancada larga y en consecuencia caer con el talón, nuestra cadencia (pasos por minuto) disminuye. Nuestros pasos se convierten en “pesados” y el pie se mantiene en mayor contacto con el suelo, lo que aumenta la probabilidad de lesión.

Además cambiamos la postura que el cuerpo adopta a la hora de recibir los impactos, dejando todo ese trabajo “amortiguador” a las zapatillas.

Entonces ¿Tenemos que correr descalzos? No pero casi. Si nos descalzamos y corremos, automáticamente nuestro cuerpo adopta una postura de absorción de impactos. Nuestro centro de gravedad se adelanta, aumentamos la cadencia utilizando pasos más cortos, aterrizamos de ante o mediopie y fomentamos es uso de nuestros “acumuladores de energía”.

Lo podríamos hacer progresivamente iniciando con el proceso de disminuir drops y peso de las zapatillas. Pasar de un calzado amortiguado a un calzado minimalista debe ser un proceso cuidadoso, lento, progresivo y que no debe tomarse a la ligera.

También podemos aumentar voluntariamente nuestra cadencia. Se estima que la cadencia óptima oscila entre los 170-180 pasos por minuto. Y no menos importante es incorporar ejercicios de técnica y de fuerza para prevenir y/o tratar lesiones durante el proceso.

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